
Hay quien dijo que muchas veces es más difícil abandonar que volver a empezar. Este garabato está dedicado a todos/as aquellos que tuvieron que dar punto final y necesitaron todas sus agallas para ello.
Las cadenas de la fe en algo son del acero más duro. Los grilletes del corazón impiden todo movimiento. Escapas para ir al páramo, escapas sin medio cuerpo, escapas desorientado bajo un sol en la nuca, pero continuas adelante porque sabes o crees que sabes que un día el sol dejara de abrasarte, porque sabes que un día tu cuerpo se recompondrá y crecerás y serás más fuerte, escapas por ti, porque nadie creyó en ti, escapas con los pies desnudos y sangrando lacerados por los punzantes recuerdos porque sabes que al final del camino, tu alma será una columna de duro mármol que ni el viento más fuerte desgastará.
Gritaste para ahogar el lamento y tu voz es como el silencio en el páramo sordo, pero de tu fuerza creaste mil voces en tu interior que nunca más dejarán entrar el siseo lento de la mentira y de la muerte. Amaste hasta cubrir el horizonte de tu sentir y el sol ciego que anhelabas prender se escondió más allá de donde alcanzabas, y aquel sentir perdido se convirtió en tu sangre derramada dejándote sin aliento ni esperanza, en un pellejo casi etéreo que flotaba sin voluntad. Pero no fue tu final, rompiste las cadenas para huir y tu sombra ahora se ha convertido en la de un gigante.
Un eterno abrazo para todos los que tuvisteis que romper esas terribles cadenas.









A los garabatos nos gusta enredarnos, ser imperfectos y perseguir los espacios vacíos. Nacemos del aburrimiento que nos rodea y nos encanta deformarlo todo. Tenemos como vecinas las letras y nos solemos reir de ellas, tan serias. Nos encantan las libretas, los bordes de los libros de texto y las manos divagantes.