Después de la infancia en la que vamos estructurando nuestro mundo, como un puzzle, llegamos a la vida adulta en la que este rompecabezas se cierra. Hemos dado respuesta a todo e incluso a aquello que desconocemos, que jamás hemos visto, le hemos asignado ya una respuesta recogida de teólogos o científicos. En cierta manera, intentamos retomar la seguridad perdida tras el nacimiento, tras la expulsión del útero materno, ese paraíso perdido, amniótico y pasivo.
Este mes de septiembre he tenido la oportunidad de descubrir un nuevo mundo: el submarino. Con sus propias reglas, con su propia belleza y sus propias tragedias, el mundo submarino sencillamente me ha fascinado. Los movimientos, el tiempo, el sonido, todo cambia, a veces recuerda cierta sensación parecida a la que se experimenta en los sueños.
La maravilla del mundo subacuático es que es un nuevo rompecabezas, un espacio que se observa con ojos de niño, que hay que descubrir, palpar, del que una gruta oscura se convierte en el cuarto oscuro, repleta de miedos e incertidumbres por su misterio, pero también de una intensa curiosidad que te persigue después de haber emergido.
Siempre se es extranjero debajo del agua, turistas de un ecosistema del que se dice que surgimos, también lo seremos del espacio, pero será imposible que dejemos de ir más allá, o al menos se halla en la voluntad de unos cuantos, de viajar a otros mundos en los que hallar nuevos puzzles así como el lugar perfecto para separarnos de nuestra cotidianeidad y poder reflexionar mejor sobre nosotros mismos.