
Mircea Eliade plantea en algunas de sus obras como “Mito y realidad”, que el hombre antiguo veía en el pasado el paraíso perdido, la edad dorada a la que algún día retornaríamos mediante un Apocalipsis que destruyera toda la imperfección actual y renovara el mundo. Es la idea del eterno retorno. Se halla en el pasado la época de los dioses, caminando por la tierra, también es la época de los monstruos y de los héroes, los primeros fundadores de las tribus o ciudades. Es la época, sin duda, del mito. Estos mitos eran la explicación de un origen pero también del porqué de unas costumbres y hábitos cotidianos dentro del grupo. Alguien hacía algo de determinara forma porque así lo habían hecho los antepasados, los cuales emularon y siguieron los consejos de los grandes héroes.
En la época actual nadie diría que la gente sigue los viejos mitos clásicos y sus héroes, aunque esto no es del todo cierto. Ante impulsos tan primitivos como resaltar físicamente dentro del grupo, nuestra sociedad ha generado sus propias heroínas y héroes de pasarela o celuloide muy parecidos al fornido Hércules o la bella Afrodita. De todas formas, sí que pervive una idea del eterno retorno. Para los más freudianos es la infancia la edad dorada, el paraíso perdido del que se nos hizo descender a los infiernos de la vida adulta y ese sabor amargo, que nos pasamos el día intentando olvidar y que esta nos sirve en un envase de enjuague bucal diario. Pero desde mi punto de vista es la juventud la nueva época de los hombres de oro. El nuevo mito al que todos debemos apuntarnos para ser felices, ya sea el niño antes de tiempo o el adulto rejuveneciéndose mediante tratamientos quirúrgicos, dietas o deportes intensivos. Un hombre siempre joven, un Dorian Grey o un Fausto que venden su alma a las corporaciones dermoestéticas. La genética trae promesas de juventud eterna que dejan como estúpidos planteamientos como el de la película “La fuga de Logan” (recuerden aquello de fulminarse a los treinta, vaya chorrada). El paraíso es sin duda posible en un planeta gobernado por las multinacionales farmacéuticas o así lo anuncia su nuevo Hermes, un mensajero de toneladas de estupidez catódica como es la Televisión.
Para el hombre moderno está en sus manos la posibilidad de traer el paraíso o el infierno a la tierra. Es triste admitirlo, pero suele cautivarle más lo segundo que lo primero y son incontables las veces que lo ha hecho, abúrranse con la historia. Está claro que los 4 jinetes del Apocalipsis son caballeros que el propio hombre ha aupado para que cabalgaran. No existe un plan mundial actualmente para que las cosas mejoren, así que no esperemos que los jinetes bajen de sus monturas de momento. El eterno retorno al infierno parece ser más del gusto del hombre. Quizás sea el pesimismo de su propia muerte lo que le lleva a tener tan mala leche.
Por último les confesaré una cosa, un secreto que conozco: a la muerte le gustan musculados.
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Después de la infancia en la que vamos estructurando nuestro mundo, como un puzzle, llegamos a la vida adulta en la que este rompecabezas se cierra. Hemos dado respuesta a todo e incluso a aquello que desconocemos, que jamás hemos visto, le hemos asignado ya una respuesta recogida de teólogos o científicos. En cierta manera, intentamos retomar la seguridad perdida tras el nacimiento, tras la expulsión del útero materno, ese paraíso perdido, amniótico y pasivo.
Este mes de septiembre he tenido la oportunidad de descubrir un nuevo mundo: el submarino. Con sus propias reglas, con su propia belleza y sus propias tragedias, el mundo submarino sencillamente me ha fascinado. Los movimientos, el tiempo, el sonido, todo cambia, a veces recuerda cierta sensación parecida a la que se experimenta en los sueños.
La maravilla del mundo subacuático es que es un nuevo rompecabezas, un espacio que se observa con ojos de niño, que hay que descubrir, palpar, del que una gruta oscura se convierte en el cuarto oscuro, repleta de miedos e incertidumbres por su misterio, pero también de una intensa curiosidad que te persigue después de haber emergido.
Siempre se es extranjero debajo del agua, turistas de un ecosistema del que se dice que surgimos, también lo seremos del espacio, pero será imposible que dejemos de ir más allá, o al menos se halla en la voluntad de unos cuantos, de viajar a otros mundos en los que hallar nuevos puzzles así como el lugar perfecto para separarnos de nuestra cotidianeidad y poder reflexionar mejor sobre nosotros mismos.
servido por garabatos
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Las puertas del cielo. Para unos puede ser el camino hacía el amor, para otros una nueva tierra prometida. Parecen abrirse, creemos que podemos oír los goznes chirriar, un suave aire quizás nos acaricie el rostro al escaparse de la minúscula ranura que hay entre las dos enormes hojas de sólida madera. Estamos allí, delante de la puerta, pero no se abre. La forzamos quizás, o esperamos, pero no se abren. Al principio los corazones quedan desgarrados, las manos heridas de arañar, como si quisiéramos abrir un ataúd que nos encarcela. Después, una vida errabunda con el recuerdo de haber estado a las puertas del cielo y preguntándote si mereció la pena estar allí, sufrir tanto por una esperanza.
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El otro día charlaba con un colombiano en su bar. Éste me comentaba que comprendía la llegada de inmigrantes en masa, cruzando la frontera de Melilla, y que él haría lo mismo de estar en la paupérrima situación de aquellas gentes. También me comentó que en España había tenido muy mala acogida, ya que las autoridades le habían negado la formación de una empresa propia así como continuas trabas y callejones sin salida en otros muchos asuntos, como sacarse el carné de conducir. Continuamos la charla hablando sobre política y el país Vasco. Finalmente, charlando sobre la clientela del local me explicó que él no dejaba entrar a moros ni gitanos y solamente algunos españoles. Los primeros que olían mal y se creían que su local era un burdel, los segundos que no armaban más que follones. Este último comentario me dejó bastante perplejo.
El colombiano tiene unos enormes ojos tristes y siempre tiene una barba de dos días.
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Para inaugurar este blog nada mejor que un dibujo del mundo. Quién sabe que es el mundo. Desde mi punto de vista artístico una patata. Algo mal hecho e inacabado, como un garabato.
servido por garabatos
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